Era temprano, casi de madrugada, y no había querido desaprovechar unas olas perfectas para la práctica del surf. Esperaba, sentado a flote sobre mi tabla, empezando a disfrutar de la paz de mi entorno. Los primeros rayos de sol invernal teñían de plata el mar, cuando descubrí algo inesperado. Una gaviota se había posado en la nariz de mi tabla. Me miró con total descaro, como si aquella plataforma flotante fuera suya y también se extrañara de encontrar a otro allí posado. Sin embargo, sus patitas resbalaron un poco, en la punta no había puesto parafina. Se acomodó y dejó de mirarme, aunque sin darme la espalda. De pronto, salió volando. Se había dado cuenta. La ola perfecta que había estado esperando estaba a punto de arrollarme. Lavadora perfecta.
En cuanto emergí, y me hube aclarado la vista, pude verla sobrevolando la cala. Volví a remar sobre la tabla hasta mi posición inicial y, una vez me hube sentado otra vez, allí estaba de nuevo. Posada sobre la nariz de mi tabla, mirándome con el mismo descaro de antes. Entonces comprendí. Esperamos. Esperamos. No quería precipitarme con cualquier ola. Por fin llegó. Una ola de metro y medio se levantó frente a nosotros. Encaré la tabla y comencé a remar. La pared de la ola nos elevaba. Salté y me puse en pie. La ola nos llevó como el viento hasta romperse en un mar de espuma blanca. En cuanto me hundí por mi propio peso abandonó la tabla. Entonces gritó. Gritó algo un par de veces mientras me sobrevolaba no muy alto. Yo también grité alzando mi puño al aire. Nada en concreto, solo un grito vacío. Los dos estábamos dando las gracias a la Madre Naturaleza por permitirnos, por dejarnos ser participes de aquella inigualable experiencia.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario